Empezar con un caballo joven es una de las experiencias más ilusionantes… y también una de las más condicionadas por opiniones externas.
Que si ya deberías estar montando.
Que si con esa edad ya deberían saltar.
Que si vas demasiado despacio.
Que si así “no se hará caballo”.
Yo también vengo de la hípica tradicional. He competido en salto, he seguido calendarios marcados y he trabajado bajo la lógica del rendimiento. Hoy, después de formarme en etología equina y aprendizaje animal, haría muchas cosas distinto.
Ahora que vuelvo a empezar con Aster, estas son mis cinco decisiones innegociables.
En la educación equina, el miedo no es algo que haya que “superar”. También es información. Si paso miedo montando o trabajando con un caballo joven, algo no está bien. No significa que el caballo sea peligroso. Significa, por lo general, que estamos yendo demasiado rápido o que estoy intentando cumplir objetivos antes de que exista la base necesaria.
En muchos casos, el miedo aparece cuando nos atropellamos a nosotras mismas o al caballo para encajar en expectativas externas.
Un proceso de doma no debería construirse sobre tensión constante. La seguridad emocional y física es el primer indicador de que vamos en la dirección correcta.
Si tengo miedo, me escucho y bajo revoluciones y reenfoco el entrenamiento.
En el mundo ecuestre es muy fácil convertir cada entreno en una evaluación. Nos proponemos metas, plazos, resultados. Y sin darnos cuenta empezamos a ir a la hípica con presión. Si hoy no sale, me frustro y siento que no valgo para esto. Si el caballo no responde como esperábamos, me enfado conmigo y con el caballo.
Pero la vida ya tiene suficientes obligaciones. Así que decido elegir mis batallas. Cuando trabajo con Aster, mi objetivo principal es disfrutar. Adaptándomelo en todo momento a la situación que tengo yo y el, el contexto en el que estamos y lo que podemos hacer. Te sorprendería ver lo mucho que se avanza así, con planes y objetivos pero sin obligaciones acogotantes.
El bienestar equino no es solo ausencia de dolor físico; también implica ausencia de presión innecesaria. Un caballo joven que asocia el trabajo con calma y claridad tendrá una base emocional mucho más sólida a largo plazo.
Vengo de la hípica tradicional. He competido. He hecho cosas que hoy haría diferente. Y no reniego de ello: forma parte de mi proceso.
Pero ahora convivo con otro conocimiento. Con estudios sobre desarrollo óseo, con evidencia científica sobre aprendizaje, con comprensión del comportamiento equino.
Eso significa que me cuestiono. Que reviso. Que detecto cuándo estoy reaccionando desde el hábito antiguo y no desde la conciencia actual. La educación equina basada en ciencia exige coherencia.
No perfección. Coherencia. Hacer lo que digo que creo, incluso cuando es menos espectacular o más lento.
En las hípicas las etiquetas vuelan rápido: floja, blanda, hippie, demasiado sensible, lenta. Si decides no montar pronto, si decides no competir, si decides no “corregir” ciertas conductas desde la imposición, automáticamente dejas de encajar en el molde tradicional.
Y durante un tiempo eso incomoda. Porque todas hemos querido pertenecer. Todas hemos querido que nos validen. Todas hemos sentido esa presión silenciosa de demostrar que sí podemos hacerlo “como se debe”.
Pero aquí está algo que he aprendido: cuanto antes te autoetiquetes tú misma y abraces esa condición, más tranquila vivirás.
Sí, soy blanda. Sí, soy lenta. Sí, no tengo prisa.
Cuando dejas de luchar contra la etiqueta, pierde poder. Cuando dejas de entrenar para demostrar algo, empiezas a educar para construir algo.
Un caballo joven no necesita impresionar a nadie. Necesita seguridad, previsibilidad y coherencia. Necesita una amazona que no esté entrenando para evitar juicios externos. La doma exige valentía, porque muchas veces significa ir contra corriente.
Y el tiempo, siempre es el tiempo, el que termina poniendo cada cosa en su sitio.
Un caballo seguro, confiado, curioso y con ganas de interactuar habla mucho más alto que cualquier progreso precoz.
No cumplir con lo esperado no es fracasar.
Es elegir tu propio estándar.
Esta es probablemente la decisión que más debate genera. Y no, la loca no soy yo por no montar. Mi razonamiento no nace del miedo ni de la sobreprotección. Nace de la ciencia.
El desarrollo óseo del caballo no termina cuando “parece grande”. Las placas de crecimiento (fisis) de la columna vertebral y otras estructuras clave no completan su cierre hasta aproximadamente los cinco años, e incluso más tarde en algunos individuos. Eso significa que el esqueleto aún está en proceso de maduración cuando muchas veces ya estamos trabajando con carga regular.
¿Se puede montar antes? Sí.
¿Se hace? También.
Pero la verdadera pregunta es: ¿deberíamos hacerlo de forma regular y con exigencia cuando aún no ha finalizado el desarrollo estructural?
La educación equina basada en bienestar obliga a hacerse esa pregunta. Mientras tanto, hay muchísimo trabajo que no implica peso sobre la espalda: trabajo pie a tierra, educación emocional, manejo veterinario, habituación, comunicación, construcción de confianza, desarrollo muscular progresivo sin sobrecarga.
La doma no empieza cuando te subes. Empieza mucho antes. No tengo prisa por ganar un año de monta si eso puede comprometer años de salud. Prefiero pensar en un caballo que llegue a los 15, 18 o 20 años funcional, cómodo y sano.
Así que no, no es una decisión radical. Es una decisión informada. Y quizá lo verdaderamente radical sea no cuestionarse nunca por qué montamos tan pronto.
Estas cinco decisiones no son perfectas. A veces me generan dudas. A veces siento la presión externa. Pero están alineadas con la amazona y la profesional que quiero ser.
Si estás empezando con un caballo joven y sientes que vas más lenta que el resto, quizás no estés yendo lenta.
Quizás estés yendo consciente.
Y en educación equina, la conciencia siempre gana a la prisa.
Suscríbete ahora.
No te pierdas lo que tu caballo quiere que sepas