Hubo una temporada en mi vida en la que normalicé caerme.
No como algo puntual, que pasaba de vez en cuando. Lo normalicé de verdad.
Montaba potros y asumía que las caídas iban a suceder y que formaban parte del proceso. Y durante mucho tiempo no me lo cuestioné.
Pero ahora, con perspectiva, hay algo que me remueve mucho cuando lo pienso:👉 no debería ser tan normal caerse de un caballo.
Sí, montar implica riesgo, es un animal grande, con emociones, con reacciones. Pero entre aceptar que existe el riesgo… y asumir que te vas a caer sí o sí… hay un salto enorme.
Y creo que hay que volver a sentirse seguros encima de un caballo.
Me da rabia porque veo a muchas mujeres dejar de montar por miedo. Por esa sensación constante de “en algún momento va a pasar algo”. Y lo entiendo, de verdad que lo entiendo.
Pero cada vez tengo más claro algo que al principio cuesta escuchar:
👉 muchas veces, el problema no es el caballo. Es cómo estamos llegando a ese momento.
Cuando alguien se cae, solemos mirar solo ese instante.
“El caballo se asustó.” “Salió corriendo.” “No lo pude parar.”
Pero casi nunca miramos lo que pasó antes.
Si ese caballo ya estaba tenso, si llevaba rato sin entender lo que le pedían, si estaba en un entorno que le sobrepasaba, si nadie le había preparado para esa situación.
Las caídas rara vez empiezan en el momento en el que te caes, empiezan mucho antes: cuando ignoramos señales pequeñas, seguimos aunque algo no se siente bien o pensamos que “ya debería poder”.
Y esto no va de eliminar el riesgo, va de dejar de aumentarlo sin darnos cuenta. Porque sí, hay cosas que hacen que te caigas menos y no tienen nada que ver con ser más valiente, tienen que ver con hacer las cosas de otra manera.
Entender cómo se comunica, cómo aprende, qué te está diciendo antes de que pase algo peligroso. Porque los caballos no explotan de la nada, van avisando. El problema es que muchas veces no sabemos escucharlos.
No todo se soluciona montando. De hecho, muchas cosas se complican precisamente por intentar resolverlas desde arriba. Trabajar desde el suelo te permite enseñar sin añadir presión, preparar mejor, entender qué está pasando y evitar llegar a situaciones en las que ya vas tarde.
Esto cuesta porque toca el orgullo, sentimos que estamos fallando y “deberíamos poder”. Pero hay días en los que no toca seguir.
Días en los que el caballo no está preparado.
O tú no estás tranquila.
O la situación se está yendo.
Y bajarte ahí no es rendirte.
Es cuidarte. Y cuidarle.
Creo que si cambiáramos esto, muchas personas no dejarían de montar, ni vivirían con ese miedo constante. No sentirían que están jugando a la ruleta rusa cada vez que se suben.
Montar a caballo no debería ser algo que sobrevives, debería ser algo que entiendes. Y a lo mejor tu caballo no necesita que seas más valiente, ni más dura, ni más técnica, a lo mejor lo único que necesita… es que empieces a mirar lo que está pasando antes de que sea demasiado tarde.
Suscríbete ahora.
No te pierdas lo que tu caballo quiere que sepas