Enero suele llegar cargado de propósitos. Nos llenamos de energía renovada, miramos el calendario y decidimos que este será el año en que mejoraremos las transiciones, saldremos más al campo o subiremos de nivel. Sin embargo, a menudo arrastramos al año nuevo los viejos problemas del año anterior: esa tensión en la esquina de la pista, la dificultad para subir al remolque o ese no parar quieto que nos trae de cabeza a ti, el veterinario y el podólogo.
Por eso, mi propuesta para este mes es diferente. Antes de buscar soluciones rápidas, herramientas nuevas o entrenamientos intensivos, te invito a hacer un "borrón y cuenta nueva" mental. Enero no debería ser el mes de exigir, sino el mes de la reflexión. Vamos a dejar de ver el comportamiento de tu caballo como un obstáculo y vamos a empezar a verlo como lo que realmente es: información.
Cuando nos enfrentamos a un problema, la tendencia humana es pensar inmediatamente en términos de respeto o actitud. Pensamos que el caballo nos está tomando el pelo o que es "vago". Pero para ser justos con ellos, debemos empezar por la base más fundamental: el bienestar físico y emocional.
Un caballo que siente dolor o incomodidad tendrá dificultades para aprender ni colaborar. Antes de juzgar su comportamiento, debemos tener la certeza absoluta de que su cuerpo no le está dando problemas. Una revisión dental, el ajuste de la montura o una molestia en el dorso o los cascos suelen ser, en la inmensa mayoría de los casos, los verdaderos culpables de lo que etiquetamos como "mal comportamiento".
Del mismo modo, debemos mirar qué ocurre en las 23 horas del día que no estamos con él. Si un caballo vive aislado, sin contacto social, con el estómago vacío durante horas o sin libertad de movimiento, acumulará un estrés que inevitablemente saldrá a la luz cuando intentemos trabajar con él. Un caballo feliz en su vida diaria es un caballo dispuesto en el "trabajo"; sin esa base, todo lo demás son parches.
Una vez descartado el dolor, toca ponerse la gorra de detective. Es vital distinguir si lo que ocurre es un hecho puntual o algo sistemático. A veces nos frustramos porque el caballo reacciona mal un día, sin tener en cuenta que quizás hacía mucho viento, hubo un cambio brusco en su dieta o había una yegua nueva cerca. Si el comportamiento es aislado, probablemente sea una reacción al entorno.
Sin embargo, si el problema es sistemático —si ocurre siempre, sin falta, cada vez que pides el mismo ejercicio o pasas por el mismo sitio— entonces estamos ante un patrón. Puede ser un hábito aprendido, una falta de comprensión de la ayuda o una memoria de dolor antigua. Entender esta diferencia es clave para no corregir injustamente algo que fue solo un susto del momento.
Para llegar al fondo del asunto, te animo a que este mes juegues a cambiar el escenario. Si tu caballo se niega a trabajar en la pista, prueba a pedirle lo mismo en el campo. Si fuera, lo hace perfectamente, sabrás que no es un problema físico, sino una asociación negativa con la pista de entrenamiento.
Haz lo mismo con el equipo. Si notas tensión al montar, prueba a trabajar pie a tierra o con una cabezada bitless. Si la tensión desaparece mágicamente al quitar la embocadura o la montura, el caballo te está señalando directamente dónde le molesta.
Finalmente, recuerda que los caballos son espejos brutales de nuestro estado interior. Muchas veces el "problema" no está en el caballo, sino en nuestra propia frustración, en llegar a la cuadra con el estrés del trabajo o en pedir ejercicios para los que el caballo aún no tiene la fuerza física necesaria. Si él no entiende, se bloquea. Y si nosotros nos tensamos ante su bloqueo, entramos en un círculo vicioso.
Este enero, te propongo un reto: coge una libreta. Durante las próximas semanas, no intentes arreglar nada. Solo observa y anota. Escribe qué pasó, dónde estabas, qué equipo llevabas y cómo te sentías tú. Al ponerlo sobre papel, verás patrones que antes te pasaban desapercibidos. Y cuando entiendas el origen real del problema, te aseguro que la solución aparecerá casi por sí sola.
Y, por supuesto, una reflexión final que considero fundamental. A veces, precisamente por el vínculo que tenemos y por estar en el día a día, perdemos la perspectiva. Estamos tan inmersos en la situación, tan emocionalmente cerca del problema, que nos resulta imposible ver la imagen completa. Es lo que suele ocurrir cuando "los árboles no nos dejan ver el bosque": la rutina nos ciega ante detalles que para un observador ajeno son evidentes.
Si sientes que esto te ocurre, o que la situación se complica, pedir una visión externa no es un síntoma de debilidad, sino de inteligencia. Un profesional de la educación equina puede aportar esa objetividad necesaria para llegar a conclusiones que a nosotros se nos escapan. Pero ten cuidado con qué tipo de ayuda buscas: necesitas a alguien dispuesto a llegar contigo a la verdadera raíz del conflicto, no a alguien que te ofrezca atajos rápidos.
Los rendajes, las riendas auxiliares y los diversos "inventos" diseñados para controlar mecánicamente al caballo son, en la mayoría de los casos, simples parches que silencian el síntoma y tapan el problema, pero no lo resuelven. La verdadera solución, esa que construye una relación sólida, segura y duradera, nunca viene de la restricción o la fuerza, sino de la comprensión profunda —a veces ayudada por ojos expertos— de lo que tu caballo necesita decirte.
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